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En la luz
La historia de Mauricio Filiberti, uno de los nuevos dueños de Edenor
Mié 19
enero 2022
19 enero 2022
El nuevo dueño de Edenor empezó como importador de vehículos de lujo. Sin embargo, fue en la industria química donde pisó el acelerador a fondo. Durante décadas, su zona de confort fue el bajo perfil, propio de quienes saben navegar por la intersección entre poder y negocios. Pero la compra de Edenor lo puso bajo el foco. Quién es Mauricio Filiberti, el hombre que hizo del cloro su imperio.
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«Solo cree, y no podrás equivocarte.

En la luz encontrarás el camino.

Encontrarás el camino». («En la Luz», Led Zeppelin, 1975)

Míster Cloro. Es el apodo con el que se identificó, durante años, a una persona: José Luis Lingeri, secretario general del Sindicato Gran Buenos Aires de Trabajadores de Obras Sanitarias (Sbatros) y director de Agua y Saneamientos Argentinos (AySA) desde marzo de 2006, cuando Néstor Kirchner le expropió Aguas Argentinas al grupo francés Suez. Eso fue así hasta hace un año. El 28 de diciembre de 2020, día de los Santos Inocentes, hubo un nuevo merecedor del mote: Mauricio Daniel Filiberti. Un personaje que solo se conocía en el Círculo Rojo y que, ese día, salió de la sombría intersección de los negocios y la política –penumbra que es su zona de confort, confiesan en su entorno– para quedar bajo el reflector que encendió la compra de Edenor, la mayor distribuidora de energía eléctrica del país.Filiberti integró el consorcio que, junto con Daniel Vila y José Luis Manzano, conformó Energía del Cono Sur (Edelcos), la nueva sociedad que pactó pagarle u$s 100 millones a Pampa Energía por el control de la empresa concesionaria de la zona norte de la Ciudad de Buenos y el GBA, cuya cartera de clientes suma 2,5 millones, que equivalen a 9 millones de usuarios.

De 72 años –nació el 6 de enero de 1949–, Filiberti no se siente cómodo con el alto perfil al que lo expuso esa operación. Una semblanza suya, publicada en el diario La Nación, reseña que lleva más de cuatro décadas como empresario. La mayoría de ese tiempo, navegando con pericia por las turbulentas aguas en las que los negocios confluyen con el submundo de la política. Empezó como importador de vehículos de lujo. Sin embargo, fue en la industria química donde pisó el acelerador a fondo.

Filiberti, quien no finalizó sus estudios de Ingeniería en la Universidad de Buenos Aires, conoció al dueño de la empresa que producía cloro en el Uruguay y empezó a importar sus excedentes a la Argentina. Eso fue a fines de los 80. Con el tiempo se desvinculó del socio con el que inició el negocio y lo diversificó hacia segmentos más rentables que la potabilización de agua, como la provisión de ese químico para la elaboración de otros productos. En volumen, el 80% del negocio de Transclor, hoy, es fabricar insumos para glifosato y otros agroquímicos. También, produce todas las lavandinas que se venden en el país (25.000 toneladas al mes) y tiene elevados shares –entre 40% y 75%– en la manufactura de productos petroquímicos y farmacéuticos, consignó ese perfil de La Nación. La producción de Transclor también se aplica en la elaboración de PVC, plásticos y hasta colchones.

Pero es el abastecimiento de cloro para potabilización de agua lo que le dio a Filiberti la reputación de contratista estatal que lo precede. En términos de volumen, no es su negocio más importante. Transclor factura $ 12.000 millones al año; Aysa es una factura de u$s 8 millones ($ 800 millones, al cambio oficial). La planta de policloruro de aluminio sólido de Transclor en Pilar, que demandó una inversión de u$s 300 millones, tiene capacidad para 400 toneladas diarias; las empresas de agua demandan no más de 1.400 toneladas por mes.

No obstante, la estatura de esta relación gana dimensión cuando se la observa desde el otro lado de la mesa. Transclor es el proveedor casi exclusivo de elementos de potabilización de AySA. En enero de 2021, pocos días después del anuncio de la compra de Edenor, la Coalición Cívica (CC) presentó un pedido de informes para esclarecer ese vínculo. El informe, de 18 páginas, se titula «Crónica de un proveedor anunciado: la estrecha relación entre José Luis Lingeri, Mauricio Filiberti y AySA» y apunta al nexo, desde 2007, entre el empresario y el dirigente sindical.

«En uno de los párrafos del documento, se pone el foco sobre los antecedentes de Transclor SA y se subraya que dicha empresa, ‘desde el momento de su constitución como sociedad’, se convirtió en ‘proveedor de insumos materiales a las empresas que prestaban el servicio público de potabilización de agua’, en alusión a Aguas Argentinas y luego AySA», informó un cable de la agencia oficial Télam, cuando la fuerza que lidera Elisa Carrió anunció su presentación.

«A partir del año 2007 –continúa el informe–, Transclor SA inició una relación comercial con el Sgbatos, cuando comenzó a operar la planta de sulfato de aluminio con la que contaba la planta potabilizadora General Manuel Belgrano, ubicada en Bernal», continuó el despacho. 

«Esta planta ya la regenteaba Sgbatos desde el año 1998, cuando Aguas Argentina se la entregó en comodato a través de la empresa 15 de mayo SA, cuyo paquete accionario mayoritario pertenecía al mencionado sindicato», añadió Télam, siempre en citas al informe de la CC.

El documento también precisó que Transclor empezó a suministrarle cloro líquido a AySA y, a partir de 2009, ploricloruro de aluminio –PAC, en la jerga técnica–, para así «poner en marcha y operar la planta productora de PAC, ubicada en la planta General Manuel Belgrano».

«Transclor ha sido seleccionada algunas veces por licitación pero, principalmente, por medio de convenios y de acuerdos-marco, siendo el proveedor exclusivo en la actualidad de PAC. En estos casos, se eligió siempre a Transclor», subrayó la presentación. «Hay un hecho que llama mucho la atención: durante muchos años, Transclor SA, utilizando una planta de propiedad de AySA, ha tenido la potestad de comercializar el excedente de sulfato de aluminio y de PAC a privados», agregó.

Diputados del oficialismo recordaron que el convenio de AySA con Transclor se renovó en noviembre de 2019, un mes antes de que Mauricio Macri dejara la Casa Rosada.

Bajo el foco

Attila. Es el otro nombre por el que Filiberti se hizo famoso. No es un apodo, sino cómo bautizó a su yate, embarcación de u$s 30 millones y bandera de las Islas Caimán con la que suele navegar por el Mediterráneo. De 64 metros de largo y cinco cubiertas, en los últimos tiempos se hizo famosa por sus célebres visitantes. En 2021 la conductora Juana Viale pasó unos días en él, junto a su hija, Ámbar. Pero la nave ya se había hecho conocida por haber albergado a Mauricio Macri y su mujer, Juliana Awada, quienes lo abordaron por invitación del exmarido de «La Hechicera», el belga Bruno Barbier, amigo íntimo de Filiberti.

Fue en agosto de 2020, cuando Macri viajó a Europa para asumir la Fundación FIFA y pasó por Saint-Tropez. «Yo soy amigo de Massa», le aclaró el anfitrión, según contó la revista Noticias. Aunque él aclara que la relación es solo social, no es su única conexión con el expresidente. Filiberti es socio de Nicolás Caputo, alter ego de Macri, en la compra de aviones privados. Adquirieron tres. Los explotan a través de la empresa de taxis aéreos Patagonia Jet. Se la compraron a los herederos de Luis Nofal, uno de cuyos hijos, Esteban, se quedó este año con SES, empresa contratista de obra pública –en especial, con el gobierno porteño– que le pertenecía a la constructora Caputo. El presidente de Patagonia Jet es Filiberti. También tiene una silla en el directorio el tercer socio en la compra de aviones: Alejandro Macfarlane, dueño del grupo gasífero Cammuzzi en el país y exCEO de Edenor, la empresa en cuyo control participa Míster Cloro. El mundo es un pañuelo.

No solo los aviones lo llevaron a las cercanías del poder. También los autos de lujo, su primer –e inolvidable– amor comercial. Dueño de un Porsche 911 Carrera 4S, uno de sus anteriores fierros le deparó más de un dolor de cabeza. Cuenta la leyenda que un verano, en Punta del Este, se le acercó un desconocido joven, que lo vio estacionado y le preguntó si lo vendía. «No. Pero si traés u$s 380.000…», dicen que respondió. Al día siguiente, el interesado apareció con tres fajos de u$s 100.000 y uno de u$s 80.000. El auto era una Ferrari California negra y el comprador, Leonardo Fariña, quien poco después ganaría fama por su ostentoso matrimonio con la vedette Karina Jelinek y, luego, su condición de valijero arrepentido de la Ruta del Dinero K. A Filiberti, Fariña no le dio ficción sino problemas: debió explicar la transferencia en el juzgado del juez Sebastián Casanello, quien lleva la causa por el desvío de fondos de la obra pública. Disgusto que lo forzó a asomar la cabeza de su adorado bajo perfil.

Ya en el tramo final de su travesía, Filiberti tiene cinco hijos de dos matrimonios. La más chica, con Camila Pitana, exmodelo misionera de 30 años con la que lleva una década de relación. En su entorno, cuentan que es para sus herederos que buscó diversificar su cartera de inversiones. Se tentó con el negocio de parques eólicos, atractivo mientras tuvo el viento a favor de las licitaciones RenovAr durante el gobierno de Macri. También se interesó por Gas Natural Ban, la distribuidora de gas del grupo español Naturgy. Activos por los que también pujó uno de sus actuales socios: José Luis Manzano.

«Estábamos mirando una distribuidora de gas y creíamos que estábamos yendo muy bien. Pero el vendedor se nos desaparecía», le contó «El Renacido» a Jorge Fontevecchia, director de Perfil, durante una entrevista.

«Y resulta que el competidor era Filiberti», retomó. «Cuando apareció esto de Edenor, le dije a Daniel: ‘Vamos a buscarlo’, porque nos va a competir. Lo conocía socialmente, nos llevábamos bien. Lo buscamos para evitar un competidor. Y la verdad es que hemos desarrollado una muy buena relación», completó.

El pacto se selló con u$s 20 millones cada uno para el pago inicial de u$s 60 millones por la compra de Edenor a Marcelo Mindlin, otro contacto en común en las agendas de sus celulares. Filiberti veía la distribuidora como una expansión casi natural para su negocio: Transclor es uno de los mayores clientes industriales de la eléctrica del norte. Aunque, aseguran, es una inversión a futuro. En especial, a una recomposición tarifaria que, tarde o temprano, llegará. 

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